Para nuestros antepasados, las montañas eran sagradas. El Cerro de la Estrella (2,460 mts) ubicado en la alcaldía de Iztapalapa, al oriente de la Ciudad de México, no es la excepción. Vestigios arqueológicos revelan asentamientos humanos de al menos tres mil años. Algunas de sus cuevas se utilizaron como observatorios para registrar los movimientos del sol, tal como lo sugieren los petrograbados en sus muros.
En sus orígenes, se le conoció como Huizachtépetl. Los mexicas erigieron en su cumbre un templo al que ascendían cada 52 años para esperar la señal astronómica de sus deidades, que les permitía la renovación del sol, la continuidad de la vida. La última ceremonia del Fuego Nuevo se realizó en 1507.
Con la llegada de los españoles, el sitio no solo fue testigo del sometimiento indígena, sino que también fue explotado como fuente de materiales. De sus entrañas se extrajo tezontle para levantar las nuevas construcciones.
El pueblo de Iztapalapa quedó integrado por ocho barrios. Sus habitantes mantuvieron el cultivo de hortalizas y flores, favorecidos por el sistema de chinampas y las laderas fértiles del Cerro de la Estrella, nombre que, según algunas fuentes, proviene de una antigua hacienda en la zona.
A principios del siglo XVIII, habitantes de Etla, Oaxaca, viajaban a la Ciudad de México para restaurar una imagen del Señor del Santo Sepulcro. Según las crónicas locales, decidieron pasar la noche en Iztapalapa, pero al amanecer, la imagen había desaparecido. Fue hallada en una cueva del Huizachtépetl o Cerro de la Estrella.
La tradición refiere que la imagen apareció restaurada y resultaba imposible moverla. Se interpretó entonces que su voluntad era permanecer ahí. Así surgió el Santuario del Señor de la Cuevita. Durante la epidemia de cólera de 1833, fue sacada en procesión para pedir el cese de la mortandad; la disminución de los decesos fue registrada como un milagro.
En agradecimiento, los iztapalapenses acordaron representar la Pasión de Cristo formalmente, a partir de 1843, inspirados en el teatro evangelizador al que recurrieron los misioneros españoles para transmitir la doctrina católica al inicio del periodo colonial.
Casi dos siglos después, tras superar la emergencia sanitaria por COVID-19 (periodo en el que no se interrumpió la representación, pues se realizó a puerta cerrada), el Señor de la Cuevita volvió a salir en procesión por los ocho barrios como gesto de agradecimiento colectivo y en memoria de quienes no sobrevivieron.
Decía Miguel de Unamuno que “la tradición es la personalidad de los pueblos”. Es el caso de Iztapalapa, donde la continuidad de un espacio sagrado mantiene su esencia, ya sea en la cima del Huizachtépetl para renovar el sol cada 52 años, o cada Viernes Santo en el Cerro de la Estrella donde culmina la Representación de la Pasión de Cristo, inscrita desde diciembre del año pasado en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.
Brújula. Marzo se despidió con una nevada atípica en pleno periodo vacacional de Semana Santa, por lo que las autoridades reforzaron las medidas preventivas para evitar accidentes en nuestros volcanes.
Aunque el acceso al Nevado de Toluca permanece cerrado desde agosto del año pasado, gracias a las imágenes captadas durante los sobrevuelos de supervisión del Grupo Relámpagos -adscrito a la Oficialía Mayor del Gobierno del Estado de México-, difundidas en sus redes sociales, pudimos apreciar su majestuosidad y valorar la importancia de su conservación.
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