Diana Mancilla

Plan B: durmiendo con el enemigo

Sin Titubeos

El llamado "Plan B" de la presidenta Claudia Sheinbaum no solo provocó reacciones adversas con la oposición, también causó descontento de sus aliados. Quedó lejos la posibilidad de una aprobación tersa (es un hecho que pasará), pues parece que la iniciativa se convirtió en un termómetro político para medir la disciplina y lealtades en la alianza ganadora desde 2018. No les alcanza y viene la estrategia para que la senadora Yeidckol Polevsnky renuncie y sea su suplente quien vote a favor.

Entre los puntos con mayores observaciones y críticas están la reconfiguración de órganos electorales, la reducción de estructuras administrativas y los cambios en reglas de operación que, según críticos, debilitan la autonomía institucional. A esto se suma la sospecha de un rediseño que privilegia el control político por encima del equilibrio democrático.

Sin embargo, hay un elemento que, si bien no ha generado tanto ruido, sí ha levantado algunas voces. Se trata de la eliminación de la paridad obligatoria en la integración de los ayuntamientos. Y es que en México se tiene un atraso de más de 100 años en este tema; se ha avanzado con dificultad hacia la representación igualitaria, lo que hace que la propuesta se perciba como un retroceso que quizá pocas y pocos hayan considerado. Y lo contradictorio es que venga de la primera presidenta de México. Ojalá sea reconsiderado.

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Las críticas no son solo de adversarios. Organizaciones, especialistas y voces dentro del propio movimiento señalan que este punto rompe con una de las conquistas más relevantes de las últimas décadas en materia de derechos políticos de las mujeres. No se trata solo de números, sino de presencia, decisiones y poder. No se puede retroceder.

En ese contexto, la negativa del Partido del Trabajo (PT) a respaldar el Plan B es de los más trascendente que pudiera haberse imaginado. Dejó de ser un partido marginal. Su resistencia deja ver que el costo político afecta hasta a quienes han acompañado en los triunfos a la 4T.

La pregunta inevitable es ¿qué tendrá que ofrecer Morena para alinear a su propio aliado? Estas diferencias se resuelven con concesiones, llámense posiciones políticas, ajustes, recursos económicos o compromisos políticos futuros que les beneficie en la alianza. El PT no rechaza por capricho, negocia. Eso puede representar, incluso, alguna modificación a la propuesta electoral, al no convenir a los intereses del pequeño, pero hoy fortalecido partido.

Al final, el Plan B pone a prueba el poder de operación de los responsables de lograr que pase, pero además la cohesión de su proyecto político. Hoy sabemos que gobernar con la mayoría, como ya lo vimos, incluyendo a su propio partido, no significa que no haya resistencias. La presidenta duerme con el enemigo. Aquí no puede haber titubeos políticos, porque lo que está en juego no es solo una reforma, sino el rumbo político de la administración de Sheinbaum.

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