Diana Mancilla

No es sólo la lluvia

Sin Titubeos

No es la lluvia. O, por lo menos, no es solamente la lluvia. Cada temporada, cuando los aguaceros se convierten en auténticos chubascos en el Estado de México, vemos las mismas escenas de vialidades convertidas en ríos con corrientes parecidas a los conocidos rápidos, vehículos varados, viviendas amenazadas o inundadas y ciudadanos tratando de llegar a casa entre agua, basura y tráfico. La mayoría de los municipios en la zona metropolitana del Valle de México pasa esos problemas. Tultitlán, Cuautitlán Izcalli, Cuautitlán y Tlalnepantla, entre otros, tienen constantes afectaciones.

Claro que hay tormentas extraordinarias o atípicas (de las que muchas y muchos se agarran para justificar su falta de acción) y nadie puede exigir a un gobierno que detenga el agua. Pero también es real que varios de los puntos que hoy se inundan ya viven eso año con año. No es sorpresa para las autoridades municipales ni para las estatales (en su caso). Existen mapas, registros, atlas de riesgo, antecedentes y demasiadas experiencias para saber dónde están las zonas vulnerables y qué ocurre cuando la capacidad del drenaje es insuficiente.

¿Qué se hizo antes de la temporada de lluvias? Cuántos drenajes fueron desazolvados, cuántos colectores fueron reparados, cuántas toneladas de basura fueron retiradas, qué obras se concluyeron y cuáles esperan presupuesto. Porque la prevención tiene una enorme desventaja política y es que no produce fotografías espectaculares. ¿Quiénes hicieron campañas de prevención con la ciudadanía para no tirar basura en las calles? ¿Qué tal la recolección?

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Sería injusto responsabilizar únicamente a los ayuntamientos. El problema hidráulico del Valle de México rebasa límites municipales y exige coordinación entre gobiernos locales, autoridades estatales y federales. El agua no tiene límites políticos y el drenaje tampoco funciona conforme al calendario electoral. Lo que deja de hacerse en un municipio puede afectar al vecino y una obra postergada durante años puede ser, después de una tormenta, una emergencia para miles.

Hay, también, una responsabilidad ciudadana que no debería omitirse. Toneladas de basura terminan todos los años en calles, coladeras, canales y barrancas. Pero reconocer esa conducta no puede convertirse en la explicación cómoda para justificar todas las inundaciones. Si existen zonas que presentan afectaciones de manera recurrente, la obligación gubernamental es identificar las causas, corregirlas hasta donde técnicamente sea posible y explicar con claridad aquello que requiere soluciones de largo plazo.

La Comisión del Agua del Estado de México cuenta incluso con un Atlas de Inundaciones que documenta en los 125 municipios los sitios afectados por encharcamientos, inundaciones, desbordamientos y deslaves, información diseñada precisamente para orientar decisiones y acciones preventivas.

Pero si conocemos los sitios, conocemos los antecedentes y conocemos los riesgos, ¿por qué algunas historias parecen repetirse cada temporada?

Las lluvias continuarán y habrá algunas con las que se puede superar si hubo previsión y habrá otras que no. Eso debe entenderse. Lo que ya resulta más difícil aceptar es que cada año pase y no se solucione. Una tormenta excepcional puede provocar una inundación. Pero cuando pasa una y otra vez, entonces el problema ya no son los aguaceros.

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