La reforma electoral de Claudia Sheinbaum no es una ocurrencia. Es una propuesta muy bien pensada y trata de cómo quedará el poder en México. Puede que haya algo de cierto en el discurso de austeridad y modernización, pero hay asuntos que impactan directamente la representación popular y política, como lo es el Congreso de la Unión y el Instituto Nacional Electoral (INE). Pero además, el golpe de los recursos, que significa disminuir fuerzas partidistas.
Efectivamente, uno de los cambios más llamativos es el rediseño de las plurinominales. Se mantendrían los 500 diputados, pero cambiaría la forma en que llegan los de representación proporcional. La idea es que no las decidirán las cúpulas partidistas. Es decir, los operadores y, en muchos casos, hijos, compadres y comadres, a trabajar de verdad. Suena bien en el papel. El problema es que la representación proporcional existe para garantizar pluralidad. Si no funciona se debilita la democracia, que es justo lo que dicen querer fortalecer.
¿Mejor democracia con poco dinero y pocos espacios?
También está la promesa de reducir el financiamiento a los partidos. En un país cansado del derroche que se ve hacen los políticos, recortar recursos vende bien. Pero el financiamiento público no fue un asunto de caprichos. La propia izquierda lo promovió desde hace años para evitar que el dinero “privado” se apoderara de las elecciones. Si se baja el presupuesto sin blindaje en la fiscalización, el riesgo no es el ahorro, es la opacidad. Lo peor, es que el INAI ha desaparecido.
La reducción del Senado sería otro golpe fuerte. Pasar de 128 a 96 legisladores implica achicar la representación y simplificar la fórmula electoral. Sí, puede hacer más compacto el Congreso. Pero también puede dejar fuera voces minoritarias y concentrar más poder en las mayorías, es decir, menos contrapesos.
Con el árbitro electoral, no
La reestructura del INE es, quizá, uno de los puntos más delicados. Se dice que hay que compactar funciones y adelgazar estructuras. Está bien revisar los gastos excesivos y recortar, pero no debilitar al árbitro. Mucho costó su surgimiento para que ahora no se le crea necesario en tiempos no electorales. Lo mismo que los OPLE’s. Y la capacitación de funcionarios, y la educación cívica-electoral ciudadana. Insisto, modificar, pero no desaparecer.
La reforma impulsa más mecanismos de participación ciudadana y ajustes futuros en la reelección. Sobre la escritura, más participación suena positivo. Pero la clave está en cómo se diseñan esas herramientas y quién las controlará.
No podemos decir que sea una reforma buena ni mala. Es profunda, evidentemente. Y por eso debe darse un debate serio, sin rechazos viscerales o de interés personal o por mantener privilegios, o aplaudirla, sin siquiera haberla leído y entendido. Cambiar las reglas electorales es cambiar las reglas del poder. Y el poder lo ejerce quien lo tiene.
Aquí lo importante es el avance democrático, que no haya una regresión. ¿Los pataleos? Es claro que cuando se mueve el poder y se lo quita a quien lo tiene, aunque sea mínimo y a veces sin merecerlo, pues entonces desestabiliza.
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