Daniel Monroy

Nadie gana para siempre

Entre Costuras

En el béisbol, todo ocurre entre costuras, pero incluso las costuras más resistentes terminan por ceder. Durante dos años, los Diablos Rojos del México construyeron la sensación de que ganar era parte natural de su calendario, levantaron dos campeonatos consecutivos, dominaron nuevamente la temporada regular y llegaron a agosto persiguiendo una palabra reservada para muy pocos: tricampeonato. Anoche, frente a casi veinte mil personas en el Estadio Alfredo Harp Helú, esa posibilidad terminó. Pericos de Puebla ganó 3-0, se llevó la serie 4-2 y recordó una de las verdades más incómodas del deporte: nadie gana para siempre.

Sería sencillo explicar la eliminación únicamente desde el lado escarlata, hablar de lo que falló, de una ofensiva que desapareció en el momento decisivo o de la enorme presión que acompañó durante todo el año al equipo construido para conseguir un tercer campeonato consecutivo, pero hacerlo sería profundamente injusto con Puebla. Diablos no solamente perdió la serie, Pericos se la ganó, y lo hizo desde el primer juego, cuando conectó 21 imparables y anotó 13 carreras en el Harp Helú, después volvió a golpear, viajó a casa con ventaja y llegó a colocarse 3-0, obligando al campeón a jugar prácticamente sin margen de error durante el resto de la eliminatoria.

Entonces apareció la reacción que muchos esperábamos. Diablos ganó los Juegos 4 y 5 en Puebla, recuperó el bateo, utilizó a Trevor Bauer con descanso corto y regresó a la Ciudad de México con una sensación muy distinta a la que había dejado unos días antes. De pronto, aquello que parecía una eliminación inevitable comenzó a parecer el nacimiento de una remontada memorable, porque esa es otra característica de los equipos acostumbrados a ganar: incluso cuando están contra las cuerdas consiguen que el rival sienta que todavía falta muchísimo para derribarlos. Pero Pericos no se quebró.

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Y quizá ahí estuvo la mayor demostración de carácter de toda la serie. Puebla había dejado escapar dos oportunidades consecutivas para eliminar al bicampeón, tenía que volver al estadio más concurrido de la liga y enfrentaba a un equipo que comenzaba a creer en la remontada. Era el escenario perfecto para que apareciera el miedo, para que la ventaja de 3-0 empezara a convertirse en una carga y para que la historia terminará hablando de lo que Pericos dejó escapar pero Antonio Santos decidió que no sería así.

El derecho lanzó seis entradas en blanco, permitió apenas dos imparables y una base por bolas, mientras Emailin Montilla y Liarvis Breto completaron una blanqueada en la que la poderosa ofensiva escarlata terminó con solo tres hits. Puebla tampoco necesitó una explosión ofensiva, le bastaron tres carreras y cuatro imparables, porque los playoffs también tienen esa capacidad de transformar el juego: una semana antes se necesitan trece carreras para ganar, una semana después bastan tres cuando el pitcheo se niega a permitir una sola.

La eliminación obliga también a preguntarnos qué significa la temporada de los Diablos. ¿Es un fracaso? Si la única medida era conseguir el tricampeonato, entonces evidentemente el objetivo no se cumplió, pero reducir a fracaso absoluto un proyecto que viene de ganar dos campeonatos consecutivos y volvió a dominar durante buena parte de la campaña sería demasiado sencillo. Quizá lo ocurrido demuestra algo más interesante: ganar es extraordinariamente difícil, pero volver a ganar es todavía más complicado.

Porque después del primer campeonato cambia todo. El rival estudia mejor, la presión aumenta, las expectativas crecen y aquello que alguna vez fue extraordinario comienza a considerarse obligación. Después del segundo, la exigencia es todavía mayor, ya no basta competir ni llegar lejos, incluso una temporada dominante puede sentirse insuficiente si no termina con otro trofeo. Esa era la paradoja que acompañaba a Diablos desde abril: prácticamente cualquier desenlace que no fuera levantar nuevamente la "Copa 108 costuras" iba a parecer poco.

Y ahí radica también la grandeza de lo que consiguió Puebla. Pericos no eliminó a cualquier equipo, eliminó al bicampeón, al mejor conjunto de la temporada regular y al club alrededor del cual giró buena parte de la conversación de la LMB durante los últimos años. Lo hizo, además, después de resistir el momento en que parecía que el gigante despertaba, algo que probablemente vale tanto como cualquiera de las victorias anteriores.

Hay incluso una de esas coincidencias que al béisbol le encanta regalar. El 26 de agosto de 2023, Pericos eliminó a Diablos en el Alfredo Harp Helú, ganó aquella serie 4-2 y continuó un camino que terminaría con el campeonato poblano. Exactamente tres años después, el 26 de agosto de 2026, volvió al mismo estadio, volvió a ganar la serie 4-2 y volvió a terminar con la temporada escarlata.

Eso no significa que la historia vaya a repetirse hasta el final, porque todavía queda muchísimo béisbol, pero sí confirma algo que hemos aprendido durante estas semanas de playoffs: la postemporada no respeta antecedentes. Los campeonatos anteriores pueden construir confianza, los grandes nombres pueden inclinar pronósticos y una temporada dominante puede otorgar ventajas, pero ninguno de ellos consigue outs cuando comienza un nuevo juego.

Mientras tanto, el resto de la Zona Sur llevó esa misma incertidumbre hasta el límite, con Guerreros de Oaxaca y Olmecas de Tabasco obligándose a disputar un séptimo encuentro. Para cuando estas líneas sean leídas, uno de ellos ya habrá conseguido su lugar en la Serie de Campeonato, pero el hecho de haber necesitado siete juegos confirma nuevamente que en agosto las jerarquías importan mucho menos que la capacidad de sobrevivir una noche más.

Entre costuras, terminó el sueño del tricampeonato, pero quizá sería un error pensar que anoche únicamente terminó algo. También comenzó otra historia. Pericos dejó de ser el equipo que intentaba sorprender al campeón para convertirse en el equipo que lo eliminó, y ahora tendrá que descubrir hasta dónde puede llevar ese impulso.

Diablos seguirá siendo una de las grandes organizaciones del béisbol mexicano, seguirá teniendo talento para volver a competir y seguramente volverá a comenzar otra temporada como candidato al campeonato. Pero durante algunos meses tendrá que convivir con una sensación que parecía haber olvidado: mirar cómo otro equipo levanta el trofeo.

Porque las dinastías pueden construirse durante años, las temporadas pueden dominarse durante meses y los favoritos pueden parecer invencibles durante semanas. Pero basta una serie para recordar que, en el béisbol, nadie gana para siempre.

@elbarbondelbeisbol

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