En el béisbol, todo ocurre entre costuras. Pero a veces, lo que define un torneo no está en la pelota, sino en un documento: una póliza de seguro. En los últimos días, la conversación alrededor del World Baseball Classic se encendió por una posibilidad tan rara como inquietante: que Puerto Rico tenga que considerar bajarse o, al menos, llegar muy debilitado por un problema de aseguramiento de contratos, no por falta de talento.
Dicho claro: no es un retiro confirmado, pero sí una alarma real. Y es una alarma que revela algo más grande: el choque entre el orgullo nacional del Clásico y el negocio —hiperprotegido— de la industria MLB.
¿Qué está pasando con Puerto Rico? El punto de partida es este: para que un pelotero de roster de grandes ligas (en especial de 40-man) participe, su contrato debe estar asegurado contra lesión durante el torneo. Si el seguro no lo aprueba, el jugador queda en un limbo: o no juega, o su organización asume el riesgo, o se busca una alternativa con condiciones específicas.
En Puerto Rico, el tema explotó porque varias figuras (o jugadores clave) no lograron que se aprobara cobertura en tiempo, y el caso más mediático fue Francisco Lindor, quien no iría por temas médicos/aseguramiento tras un procedimiento en el codo. A partir de ahí, el efecto dominó: más nombres en duda, más dificultades para armar un roster competitivo y, por eso, la mención pública de que la federación "podría" verse forzada a retirarse si no logra completar un equipo de nivel.
Aquí hay una verdad incómoda: el Clásico presume ser el torneo de naciones con estrellas MLB... pero la llave de entrada la tiene el seguro.
¿Por qué el seguro se volvió el protagonista? El seguro no es un capricho nuevo. Siempre ha existido para proteger a los clubes si un jugador se lesiona en un evento externo. La diferencia es que ahora —según reportes— el mercado asegurador está más duro, más caro y más restrictivo, especialmente con jugadores con historial de lesiones o cirugías recientes. Y no es difícil entender por qué: el recuerdo de 2023 sigue vivo (lesiones que cambiaron temporadas de franquicias enteras), y eso endurece el cálculo de riesgo.
Además, el Clásico ocurre en un momento delicado: marzo es frontera entre preparación y temporada. Para un club, perder a un jugador por lesión ahí puede costar meses de rendimiento... y millones de dólares.
La pregunta de fondo: ¿de quién es el Clásico? Aquí es donde "Entre Costuras" tiene que meter el bisturí. El Clásico Mundial vive de una contradicción: quiere ser una fiesta de identidades, pero depende del ecosistema MLB, que es un ecosistema de activos protegidos. Cuando un pelotero decide jugar, lo hace por bandera; cuando una aseguradora decide, lo hace por probabilidad y dinero.
Y ahí aparece el choque cultural: Para el aficionado puertorriqueño —y caribeño en general— el Clásico es orgullo nacional. Para el club MLB, es riesgo operacional. Para el seguro, es exposición financiera.
En papel, el sistema tiene salidas: algunos reportes señalan que los equipos podrían incluso renunciar al requisito de seguro y asumir el riesgo, aunque eso no es común (y depende del tipo de contrato y de la postura del club).
Pero en la práctica, ¿cuántos clubes lo harán por patriotismo ajeno?
¿Esto mata al Clásico... ¿o lo obliga a madurar? Depende de lo que pase en las próximas semanas, pero el problema ya dejó tres lecciones claras:
Por lo tanto, Puerto Rico no es “una selección más”. Es una identidad beisbolera histórica, con narrativa y con una base de fanáticos que vive el torneo como si fuera la final del mundo. Que una potencia considere bajarse por un tema burocrático es un golpe simbólico al espíritu del Clásico.
Y aquí conviene decirlo con claridad: este no es un problema “puertorriqueño”. Es un problema del torneo. Hoy es Puerto Rico; mañana puede ser Venezuela, Dominicana o cualquiera cuya lista dependa de contratos grandes y cuerpos ya muy castigados.
Entre costuras. Mi postura es doble, y no creo que sea contradictoria: Sí: los jugadores deben estar protegidos, pero también: el Clásico debe proteger su esencia. Si el torneo permite que el seguro se vuelva el árbitro final del espectáculo, entonces el Clásico se desinfla justo donde más brilla: en la emoción de ver a los mejores con bandera en el pecho.
La salida no es simple, pero hay una dirección: acuerdos de seguro más claros y centralizados, tiempos más razonables, y —sobre todo— una conversación honesta entre Major League Baseball, la MLB Players Association y el comité del torneo para que el costo de “hacer crecer el juego” no recaiga solo en la voluntad individual del jugador o en el capricho del mercado asegurador. Porque el Clásico Mundial no puede convertirse en una vitrina donde el talento se queda fuera por falta de firma en un papel.
Ojalá Puerto Rico juegue. Ojalá juegue con sus figuras. Y ojalá este susto sirva para mejorar el torneo, no para empequeñecerlo. Al final, el béisbol también es eso: un juego que se construye entre costuras… pero que se sostiene, sobre todo, entre personas.
@elbarbondelbeisbol
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