Tristemente hay muchos jóvenes que abandonan la escuela porque no quieren seguir estudiando, pero hay muchos otros -demasiados- que sí quieren seguir estudiando y tienen que abandonar sus sueños, porque la escuela más cercana está a muchos kilómetros de distancia. Esa diferencia importa y mucho, porque una cosa es abandonar los estudios por decisión propia y otra muy diferente es que la pobreza, la distancia o el lugar donde naciste lo decidan por ti.
Durante muchos años hemos normalizado que los adolescentes de las comunidades rurales tengan que abandonar su casa para estudiar o en su defecto, recorrer largas distancias para llegar a un bachillerato; incluso llegamos a normalizar que una familia tuviera que elegir entre pagar transporte o cubrir otras necesidades básicas; como si terminar la secundaria significará que hasta ahí alcanzó el derecho a estudiar.
Esta semana dio inicio el ciclo escolar 2026-2027 y con ello, una nueva etapa en el Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE), el Bachillerato Comunitario para el Bienestar, ya que abre la posibilidad de ampliar la atención educativa de las comunidades rurales, las más alejadas y olvidadas, representando una oportunidad para los jóvenes de no abandonar el lugar en donde viven.
Esto podría parecer una simple apertura de una nueva modalidad educativa dentro del sistema educativo nacional; pero para mí no lo es… lo digo con conocimiento de causa pues tuve la oportunidad de recorrer cada rincón del Estado de México visitando las comunidades del CONAFE, hablé con muchas familias, conocí a maestras y maestros rurales comprometidos y apasionados en su labor, pero sobre todo, escuché a jóvenes que querían seguir estudiando, pero simplemente no podían, no por falta de ganas o de capacidad, sino porque no había una escuela cercana.
Es decir, la vocación histórica del CONAFE ha sido llevar educación comunitaria hasta donde el sistema educativo regular difícilmente puede llegar, atiende prioritariamente las localidades rurales e indígenas sin acceso a servicios escolares cercanos, particularmente aquellas con alta y muy alta marginación, así como a la población circense y hoy tiene la oportunidad de que a través de las maestras y maestros rurales puedan llevar educación sin distingo.
Porque hablar del derecho a la educación resulta relativamente sencillo desde una ciudad donde tenemos muchas escuelas, transporte, internet y distintas opciones educativas a pocos kilómetros, pero la realidad cambia cuando hablamos de una comunidad rural, indígena o de alta marginación.
El costo del traslado, los horarios, las condiciones económicas familiares e incluso las responsabilidades dentro del hogar pueden hacer que una preparatoria situada a veinte o treinta kilómetros de distancia sea una auténtica frontera educativa.
Por eso debemos entender que la igualdad no consiste en ofrecer exactamente lo mismo a todos; consiste en generar las condiciones necesarias para que todas y todos puedan ejercer sus derechos.
En ese sentido, México ha avanzado mucho al entender que la educación no puede seguir siendo un privilegio determinado por el ingreso familiar y mucho menos por el código postal. Las becas educativas, la ampliación de la infraestructura escolar y ahora las alternativas educativas comunitarias parten de un mismo criterio: el derecho a estudiar debe ser exactamente eso, un derecho para todas y todos.
Ahora solo falta que la implementación del Bachillerato Comunitario funcione y lo sepan implementar adecuadamente, que sea de calidad, que puedan hacer crecer el proyecto y lo más importante, que llegue a todos los rincones del país, donde están las comunidades que más lo necesitan.
Cuando estaba en CONAFE escuché tantas historias de jóvenes que truncaban sus aspiraciones de seguir estudiando que hoy me emociona pensar que sus sueños se pueden hacer realidad. Me emociona saber que una joven pueda terminar la preparatoria sin abandonar su comunidad; que un muchacho puede seguir estudiando sin convertirse en una carga económica para sus papás o que una jovencita tiene que irse a trabajar para ayudar a su familia. Todas y todos los adolescentes deberían de saber que su lugar de nacimiento no puede determinar lo lejos que pueden soñar.
Y quiero terminar reconociendo las maestras y los maestros rurales -educadores comunitarios-, yo he visto su trabajo, conozco las distancias que recorren y también conozco las desigualdades económicas que ellos mismos enfrentan frente a otras figuras del magisterio y por eso mi reconocimiento no es discursivo; es personal y mi admiración a ellos es profunda.
La educación pública debe llegar hasta donde esté el último estudiante que quiera aprender, y si el Bachillerato Comunitario consigue que un joven no abandone los estudios, entonces, habrá valido la pena; porque en un país que aspira a reducir desigualdades, estudiar nunca debería depender del dinero de una familia, de la distancia a una ciudad ni, mucho menos, del código postal donde a una niña o a un joven le tocó nacer.
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex