Se dice que las mujeres podemos con todo, que aguantamos el dolor, el trabajo de la casa, el trabajo profesional, la maternidad, las emociones y hasta sonreír cuando por dentro nos estamos rompiendo... la realidad es que ser mujer es realmente agotador y no me refiero únicamente a la carga social, emocional o familiar que muchas asumimos todos los días, también habló de esa batalla silenciosa que ocurre dentro de nuestro cuerpo. Desde la adolescencia aprendemos a convivir con cambios hormonales, menstruaciones, dolores, revisiones médicas y muchos procedimientos durante mucho tiempo y terminamos normalizando.
Nos enseñaron que todo lo que vivimos "era parte de ser mujer" y así hemos crecido generaciones enteras.
Hablar de la menstruación, es relativamente reciente en nuestro país; todavía recuerdo cuando era un tema prohibido, un tabú del que nadie podía hablar... Si una adolescente necesitaba una toalla sanitaria, la escondía en una bolsa de papel estraza; si una mujer tenía cólicos intensos, debía soportarlos porque "a todas nos pasa"; la conversación existía, pero casi siempre en voz baja y únicamente entre mujeres.
Ese silencio tuvo un costo, pues durante décadas se minimizaron síntomas que hoy sabemos eran señales de enfermedades que permanecían invisibles, pero gracias a la ciencia y a la investigación apenas comenzamos a comprender padecimientos como la endometriosis y la adenomiosis, enfermedades que afectan la vida de millones de mujeres y cuyo diagnóstico suele llegar después de años de dolor.
La Organización Mundial de la Salud estima que la endometriosis afecta a cerca del 10% de las mujeres y adolescentes en edad reproductiva en el mundo, es decir, alrededor de 190 millones de personas; en México, especialistas estiman que más de siete millones de mujeres podrían vivir con esta enfermedad y muchas sin saberlo. En el caso de la adenomiosis, distintos estudios internacionales estiman una que oscila entre el 20 y el 35% de las mujeres, aunque la cifra sigue siendo incierta por el subdiagnóstico que durante décadas acompañó esta enfermedad.
Hoy tengo que confesar algo que me da vergüenza reconocer: durante muchos años llegué a pensar que algunas mujeres exageraban cuando hablaban del dolor menstrual, creía que todas sentíamos lo mismo y que simplemente había quienes tenían menos tolerancia, ¡qué equivocada estaba!
Hasta que uno lo vive en carne propia entiende que no a todas nos duele igual.
Y es que no solo se trata del dolor durante la menstruación, es entender que estos padecimientos invaden todo el cuerpo. El dolor puede aparecer en la espalda, en la cabeza, en las piernas, en los intestinos o durante actividades tan cotidianas como caminar, sentarse o ir al baño.
La endometriosis no es únicamente una enfermedad del aparato reproductor; hoy sabemos que se han documentado casos donde tejido similar al endometrio se encuentra en órganos como el intestino, el pulmón e incluso el cerebro. Tampoco son enfermedades de una sola etapa de la vida, hay niñas de apenas diez años que comienzan a presentar síntomas y mujeres de cuarenta o más que apenas reciben un diagnóstico; es decir, durante años muchas viven pensando que sufrir es normal, cuando en realidad su cuerpo lleva demasiado tiempo resistiendo.
Nuestro cuerpo duele, pero también nos duele el alma, porque el dolor físico agota, porque vivir con inflamación, sangrados abundantes, cansancio extremo y cambios hormonales permanentes termina por desgastar también las emociones y nuestra paz mental.
Hay días en que pareciera que una tiene que luchar contra su propio cuerpo y al mismo tiempo, contra sus propios sentimientos y esta batalla silenciosa casi nadie la ve, es más apenas la entendemos.
En los últimos meses he dedicado tiempo a leer sobre estos padecimientos y me sorprende descubrir lo poco que todavía sabemos y la escasa investigación que hay en nuestro país y honestamente la salud femenina tiene que ser una prioridad, por ello se necesitan protocolos de diagnóstico temprano en el primer nivel de atención, mayor capacitación para el personal médico, acceso oportuno a estudios especializados y tratamientos integrales, porque llegar tarde al diagnóstico también es una forma de desigualdad, es decir, no podemos seguir normalizando que una mujer tarde siete, ocho o hasta diez años en ser diagnosticada mientras escucha una y otra vez que "es normal que te duela".
Hoy entiendo que detrás de muchas sonrisas hay mujeres haciendo un esfuerzo enorme por cumplir con sus responsabilidades sin que nadie imagine el dolor que carga.
He aprendido que no todas vivimos el mismo proceso, no todas sangramos igual y no todas resistimos de la misma manera, no podemos durar, minimizar o comparar el dolor que cada una siente.
Porque no es normal que te duela. Porque no, no a todas nos duele igual y mientras eso sea invisible, seguiremos teniendo una deuda pendiente con millones de mexicanos.
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