Hay frases que se convierten en consignas, pero hay consignas que se convierten en gritos de dolor: “Ni una más”. Frase que nació como un grito social ante la injusticia, impunidad y violencia que durante años se ha ejercido contra las mujeres en México y es que el feminicidio no empieza con el asesinato, empieza mucho antes y tristemente, casi siempre empieza dentro de casa.
Siempre que se habla de feminicidio, lo primero que se piensa es en hacer justicia respaldada por las leyes y de cuantos años en la cárcel debe de pasar el feminicida; pero pocas veces se habla del origen del problema y de cómo contrarrestarlo, ya que la mayoría de los feminicidios no los comete un desconocido; los comete la pareja, el exesposo, el novio, el exnovio, el padrastro o alguien que conocía directamente a la víctima, pues empezó con insultos, golpes, celos, control, amenazas, violencia psicológica, silencio (aislamiento) y miedo, mucho miedo que nunca se pudo contar.
Por eso, la Ley General para Prevenir, Investigar, Sancionar y Reparar el Daño por el Delito de Feminicidio representa un avance jurídico importante para México, porque busca homologar el delito en todo el país, obligando a las autoridades correspondientes a investigar correctamente y a profundidad, garantizando la reparación del daño a las familias, estableciendo que todas las autoridades deban promover, respetar, proteger y garantizar el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia, conforme a obligaciones de derechos humanos.
Aunque si bien es cierto que las leyes por sí solas no van a detener los feminicidios, ayudará a visualizar y a atender el problema de raíz: la violencia intrafamiliar, violencia social y la falta de prevención.
En México durante muchos años la violencia contra las mujeres dentro del hogar se normalizó, convirtiéndose en uno de los delitos más graves contra las mujeres, por lo que se empezó a justificar frases como: “así son los hombres”, “solo fue un golpe”, “lo hace porque me quiere”, “yo tuve la culpa”, “yo me lo busqué”, “no le obedecí”, o simplemente por soportar y aguantar la violencia por los hijos que se tienen en común con el agresor. Estas frases que se fueron normalizando entre las mismas mujeres, se acuñaron en los hogares incrementando la violencia que llevó a tragedias mayores: el feminicidio, último eslabón de una cadena que nadie pudo detener a tiempo, aunque en realidad, muchas veces fue una tragedia anunciada.
La prevención del feminicidio debe empezar en las escuelas, con la educación emocional e igualdad de género, enseñando a los niños que el amor no se controla y mucho menos se lastima, que celos no son cariño, que la violencia no es normal y que las mujeres no somos propiedad de nadie, porque este problema no solo es penal, es social, cultural, educativo y familiar.
Porque defender a las mujeres no es solo castigar a los agresores, es construir una sociedad donde ninguna niña crezca pensando que debe aguantar violencia, donde ninguna mujer tenga miedo de su pareja y donde ninguna madre tenga que salir a buscar justicia por la vida de su hija; porque cuando ocurre un feminicidio, no solo falla una persona, fallamos todos.
Ni una más no debería ser una consigna; debería ser una realidad.
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