Cada día que pasa, los hogares de México se silencian, ya no hay niños corriendo ni gritando, ya no hay risas, ya no hay niños en la calle jugando futbol o bicicleta, ya no hay mamás gritando desde la puerta que se metan a cenar. Hoy los hogares están impecables, ordenados... y vacíos.
Las últimas cifras del Consejo Nacional de Población (CONAPO) muestran como poco a poco, los mexicanos están dejando de tener hijos, lo cual, ha generado que la población envejezca aceleradamente, que las familias se reduzcan y que el país comience a llenarse de muchas personas de la tercera edad, abuelos sin nietos.
Algo que veíamos muy lejano en México, hoy nos alcanzó y el país está envejeciendo más rápido de lo que imaginamos.
Hace muchos años, las familias mexicanas eran muy muy grandes, las casas no solo tenían mesas largas, sino que siempre estaban llenas niños corriendo y riendo a carcajadas.
En los años setenta, una mujer mexicana tenía en promedio más de seis hijos y había mujeres extraordinarias, como mi abuela, que tuvo catorce hijos. Hoy, apenas logramos tener uno o dos, máximo tres. Las familias numerosas representaban la continuidad del legado familiar y del apellido, la compañía en la vejez e incluso tener un hijo varón era símbolo de orgullo y permanencia.
Actualmente, los jóvenes ya no quieren tener hijos, empezaron adoptar mascotas -perros y gatos en su mayoría-, se convirtieron en ambientalistas con un amor asiduo por las plantas o simplemente deciden vivir sin responsabilidades permanentes y ser viajeros frecuentes.
Los "perrhijos" y "gathijos" no lloran en las madrugadas, no requieren colegiaturas, no exigen renunciar a sueños profesionales ni obligan a sacrificar estabilidad económica.
En un mundo donde sobrevivir ya se ha vuelto tan complicado, formar una familia parece para muchos, una carga insostenible y es que hoy todo cambia. Cambió la edad para convertirse en mamá... hace algunas décadas atrás, las mujeres tenían hijos entre los 15 y los 20 años, hoy muchas mujeres deciden postergar la maternidad hasta después de los 35, e incluso cada vez más cerca de los 40 o 50 años. Y es que la maternidad dejó de verse como un destino automático, para convertirse en una decisión profundamente analizada.
Y es que aunque el discurso de las parejas hablen de una corresponsabilidad de las funciones, en la práctica, la crianza es una responsabilidad de las mujeres, porque somo nosotras quienes solemos pausar nuestra carrera profesional o renunciar a oportunidades laborales, renunciar a nuestro cuerpo y hasta renunciar a una parte de nosotras, porque somos nosotras quienes sostenemos la vida cotidiana de nuestras familias. Ser madre es hermoso, pero también es profundamente agotador.
A eso, se suma el miedo, miedo al compromiso, al mundo, al futuro, a la violencia, al cambio climático, a la economía, a no saber qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos...
Aunado a ello, las relaciones de pareja se volvieron frágiles, momentáneas y desechables. Las aplicaciones de citas han convertido el amor en un catálogo infinito, en donde podemos encontrar a alguien "mejor", bastando con deslizar el dedo. Lo que ha provocado inestabilidad emocional y compromisos de papel.
Por ello, el verdadero problema no es que nazcan menos niños, sino que estamos construyendo una sociedad en donde la “chaviza” siente que no vale la pena formar una familia.
Y entonces, va a llegar el día en que el silencio pese emocionalmente y cuando eso suceda, tal vez sea demasiado tarde, porque será un silencio profundo y triste que habitará no solo las calle, sino el de los hogares donde nunca vuelva a escucharse a alguien decir “mamá”.
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