Berenice Olmos

Más allá del aula: las mujeres que educan desde los márgenes

ROMPIENDO BARRERAS

En el marco del día Internacional de la Mujer, es necesario reconocer que hoy en día las mujeres no sólo representan más de la mitad de la población de nuestro país, sino que somos el motor que sostiene al sistema educativo, somos quienes educamos desde los márgenes. Y hablar de márgenes no es únicamente referirse a las grandes distancias geográficas; es referirse a las profundas desigualdades sociales y culturales. Es la pobreza que se palpa en los espacios educativos de las zonas rurales en donde la infraestructura es escasa o casi inexistente, donde el material educativo y el acceso a las tecnologías, son para muchos, simplemente impensables.

La educación de nuestro país no se construye solo con libros, se edifica con la determinación y el coraje de miles de mujeres que decidieron dedicar su vida a educar, inspirar y transformar la vida de miles y millones niños, niñas, jóvenes y adolescentes que forman parte de su clases o tutorías en las zonas rurales.

En México ser mujer y maestra no ha sido una tarea sencilla, en un país con raíces profundamente machistas, las expectativas educativas y laborales para las mujeres fueron durante décadas casi impensables, sin embargo, la sociedad ha cambiado y hoy se valora cada día más a la mujer en el sector laboral y educativo. Ya que muchas mujeres deben equilibrar su vida profesional con las tareas del hogar no remuneradas y el cuidado de los hijos; buscando siempre un espacio para ejercer su profesión con dignidad.

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Ser maestra no es cualquier profesión, ser maestra es transmitir experiencias y contenidos, pero sobre todo es dar lo mejor que tienen: sus cuidados, atención y acompañamiento para los alumnos. En las comunidades rurales, ellas se convierten en psicólogas comunitarias, alfabetizadoras y gestoras del progreso rural, procurando que el bienestar emocional de los alumnos sea el óptimo para tener un mejor desempeño dentro y fuera del aula.

Las maestras no solo actúan como agentes de cambio en comunidades de escasos recursos; su presencia impacta directamente en las comunidades y en las aulas, contribuyendo en la permanencia escolar, generando una reducción significativa en el abandono escolar. Gracias a ello, cada día se ve un incremento de mujeres en la matrícula de las escuelas normales del país, representando alrededor del 70 % del total de los estudiantes en instituciones formadoras de docentes, muchas de ellas, prestando sus servicios mayormente en preescolar y primaria, es decir, la etapa de formación más importante en el desarrollo humano, ya que ellas, con esa sensibilidad de mujer, pueden generar mejor desarrollo neuronal y cognitivo para los pequeños alumnos.

Las mujeres no solo enseñan; educan en contextos adversos y generan cambios culturales, sin transgredir los usos y costumbres de las comunidades. Desde la educación promueven el pensamiento crítico y siembran semillas de transformación social. Por ello, el 8M no es solo una fecha en el calendario, es la conmemoración de la lucha histórica por la igualdad de derechos, ya que la formación profesional de las mujeres no fue una casualidad, fue una conquista social, fue romper las estructuras patriarcales que restringían sus aspiraciones y sueños.

No obstante, educar desde los márgenes significa enfrentar condiciones complejas. Muchas de ellas pertenecen al Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE) y saben lo que implica llevar educación a las zonas rurales más alejadas y marginadas del país. Ellas saben lo que significa hacerlo a pesar de los recursos económicos limitados, saben caminar largos y difíciles caminos, conocen los contextos de pobreza e inseguridad, pero a pesar de ello, permanecen en comunidad, impulsadas por la gran convicción ética y la vocación de servir. Lo hacen como un acto de valentía social y con la mochila llena de esperanza. Estas maestras rurales, sostienen a la educación comunitaria.

Reconocer a las maestras, es reconocer que la educación se construye ahí, en un pequeño espacio rural, ahí en los márgenes del país, donde las mujeres del CONAFE escriben historias que aún no aparecen en los libros, pero que sostienen el porvenir de México.

Porque reconocerlas no es un gesto simbólico: es un acto de justicia histórica.

Porque educar no desde el privilegio, sino desde la resistencia, la empatía y la transformación social, es reafirmar que la educación tiene rostro de mujer y mientras exista una mujer dispuesta a enseñar en la comunidad más alejada de nuestro país, habrá esperanza y transformación social.

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