Berenice Olmos

La primavera que nunca llegó

Rompiendo barreras

Hace algunos años, la primavera era única, tenía color, aroma y un clima siempre favorecedor, era una de las estaciones del año que se podían disfrutar, con sus tardes frescas, sin miedo de terminar bajo una tormenta, una granizada o un calor insoportable el mismo día.

Podríamos incluso ver florecer a los árboles sin prisa, como las jacarandas que pintaban nuestras calles.

Particularmente en el Estado de México, el frío parecía desvanecerse, generando un ambiente fresco y a la vez cálido, la nieve que guardaba el Nevado de Toluca poco a poco desaparecía y las lluvias no se dejaban ver hasta que les correspondía su temporada.

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Esos tiempos hoy se añoran, pues ya no suceden así. En esta primavera el clima ha cambiado considerablemente, el Nevado vuelve a brillar de blanco de forma inesperada, graniza constantemente, un día llueve y al otro también. Pero de repente sale el sol y hace un calor sofocante que quema la piel y provoca insolación, incluso hay más posibilidades de provocar incendios forestales, lo que nos lleva a más contaminación. Es decir, pasamos de un frío extremo a un calor insoportable en cuestión de horas, como si las estaciones hubieran perdido la memoria, actuando desmedidamente.

Seguramente no soy la única que se ha preguntado ¿por qué no ha llegado la primavera? Y eso solo tiene una respuesta, el cambio climático no solo nos alcanzó, sino que está por rebasarnos.

El planeta empezó a responder a los daños generados por los humanos y que se han ido acumulando a lo largo de los años. La contaminación, la tala desmedida y clandestina, el crecimiento urbano desmedido y la explotación irresponsable de recursos naturales.

El calentamiento global ya no es una leyenda, es una realidad y el planeta está respondiendo con fuerza, por eso hoy vivimos fenómenos cada vez más extremos: lluvias intensas fuera de temporada, olas de calor históricas en gran parte del país, sequías prolongadas, escasez de agua, granizadas atípicas y nevadas que nos sorprenden. Tristemente, la naturaleza ya no responde al calendario que conocíamos.

La primavera no desapareció de un día para otro, los humanos la fuimos provocando lentamente. En México, de forma contrastante, cada estado tiene su peculiaridad, unos superan calores con niveles históricos, otros estados son azotados con tormentas y algunos otros con heladas repentinas. Aquí en Toluca nos toca vivir mañanas frías y tardes con un calor abrumador y noches diluvianas, es decir, todos los climas en un solo día.

Estamos en crisis, una crisis climática, sin exageración, sin discurso, sino con realidad.

Estamos poniendo en riesgo la vida futura de nuestros hijos, de las futuras generaciones; afectando la agricultura y la ganadería, generando problemas respiratorios, sobreviviendo a calores extremos en las ciudades por falta de árboles, sufriendo la escasez de agua, sobrellevando los incendios forestales que acaban con la naturaleza y tolerando lluvias que paralizan ciudades enteras.

Pero es que la culpa es nuestra, la naturaleza sólo está reaccionando y lo hace de forma cada vez más agresiva.

Entonces, tal vez la pregunta correcta ya no sea por qué no llegó la primavera, sino ¿cuánto más estamos dispuestos a perder antes de actuar y hacer algo por nuestro planeta?, porque cuando las estaciones cambian de manera tan drástica, no sólo cambia el clima, cambia nuestra forma de vivir, de sembrar, de respirar y de entender al mundo tal como lo conocíamos.

La primavera que nunca llegó no es solo una metáfora, es el aviso de algo mucho más grande: un planeta agotado que intenta sobrevivir a nuestros excesos.

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