A lo largo de los años se han construido múltiples estereotipos de la mujer perfecta. Cada época, ha diseñado su propia versión de la mujer “ideal”, creando un molde especial de acuerdo con lo que la sociedad espera de ellas, lo que muchos hombres esperan de las mujeres y también, lo que las propias mujeres esperan de sí mismas.
Hace apenas algunas décadas, la mujer perfecta era la que se dedicaba exclusivamente al hogar: silenciosa, correcta y sumisa; buena madre, buena esposa y buena hija, siempre obediente a lo que los hombres pudieran decidir por ellas. Bordaban, cosían, planchaban y cocinaban. Incluso, durante mucho tiempo las mujeres no tuvieron derecho a la educación básica y muchos menos a una formación superior, pues estaban “destinadas” a quedarse a los cuidados de los hijos y del hogar. Sin embargo, hoy esa realidad ha cambiado, más del 50% de la población universitaria está integrada por mujeres, con presencia mayormente en áreas como la educación y la salud.
El siglo XXI vino a desordenar muchos de los esquemas tradicionales. Durante años se esperaba que la mujer acompañará el proyecto de vida de los hombres; hoy cada vez más mujeres construyen su propio proyecto, poniéndolas en un nuevo rol dentro de la sociedad. Por un lado, la mujer urbana enfrenta la doble jornada, la laboral y la del hogar, todo por la misma paga y a veces sin el reconocimiento que se merece; y por otro lado, la mujer rural continúa enfrentando grandes barreras para tener acceso a la educación, a un trabajo digno y bien remunerado y sobre todo, al reconocimiento social.
Las mujeres día con día seguimos luchando por construir nuestro propio proyecto de vida, lo cual ha generado tensiones sociales, porque mientras algunos todavía imaginan a la mujer perfecta como equilibrio absoluto entre ternura, paciencia y belleza, muchas mujeres empiezan a exigirse algo distinto: independencia, desarrollo profesional, libertad de decisión y algo que durante mucho tiempo se pensó imposible: tiempo para ellas mismas.
Porque hoy, según la sociedad, la mujer perfecta debe de ser profesionista exitosa -sin descuidar sus deberes del hogar-; inteligente pero no intimidante; madre presente y en muchos casos, sostén de familia como madre soltera: proveedora, educadora y soporte emocional. Debe ser esposa amorosa, pero con carácter fuerte -aunque nunca demasiado-; hija agradecida, amiga disponible y activista consciente, con opinión firme, pero siempre amable.
Además, debe lucir una apariencia impecable, con una belleza “natural”, aunque tenga que invertir horas para ello; debe ser emocionalmente estable, económicamente independiente y, por supuesto, hacerlo todo con una sonrisa de oreja a oreja. Porque las mujeres no tenemos derecho a estar enojadas y mucho menos cansadas o deprimidas. Nuestra energía – según los estereotipos- debe de ser infinita; es decir, un modelo humano que ni la tecnología más avanzada podría fabricar: una especie de robotina de carne y hueso.
La mujer perfecta sí existe, es una mujer real hecha a la medida de cada una de su historia: a veces rota y muchas veces reconstruida. Madres que levantan familias completas, profesionistas que han roto techos de cristal -incluso aquellos que ellas mismas creyeron tener-, las maestras que educan a comunidades olvidadas, las jóvenes que aún luchan contra los vestigios del machismo.
La mujer perfecta es la que día a día lucha por su libertad y por el derecho de ser quien quiera ser: doctora, abogada, enfermera, ama de casa, psicóloga, maestra, ingeniera o quizás arquitecta.
Porque después de tantos siglos intentando definir a la mujer ideal, hoy cada vez mujeres escribiendo su propia definición y aunque esa libertad incomode a algunos, esa versión podría ser la más poderosa de todas.
Porque ser mujer todos los días cansa. Cansa intentar cumplir con la perfección que el mundo imagino, cansa cumplir con los estereotipos que el mundo creó. Cansa buscar la aceptación constante y cargar con las expectativas sociales construidas durante siglos.
Pero también es profundamente transformador y satisfactorio.
Porque en ese camino de romper moldes, de cuestionar estereotipos y de reconstruir identidades, las mujeres no solo estamos dejando de intentar ser perfectas, estamos aprendiendo algo mucho más importante: a ser extraordinarias y libres.
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