Berenice Olmos

Hay amores que todavía tienen un lugar en la mesa​

Rompiendo Barreras

Estos días he preparado la casa para recibir a mis seres queridos, a quienes cada año espero con tanta ilusión y anhelo, puse mi ofrenda pensando en ellos, busqué que todo quede bonito y que no les falte nada de lo que les gustaba. Y mientras acomodaba cada cosa, me emocionaba pensar que van a venir y claro que me hace recordar todos los bellos momentos que pasábamos mientras estaban vivos.

Segura estoy que no soy la única que vive así el Día de Muertos; pensando en la falta que nos hacen e irónicamente disfrutando el momento de prepararles un lugar en casa. Me gusta pensar que las flores, la luz y todo lo que pongo con amor son una manera de decirles que aquí los espero y que sigo pensando en ellos.

No me gusta ir al panteón; lo digo con mucho respeto por quienes encuentran ahí tranquilidad y consuelo. A mí me ilusiona montar la ofrenda en casa, cerca de la vida que seguimos haciendo, de nuestras conversaciones y de lo cotidiano, porque es ahí donde espero recibirlos y es ahí donde siento que puedo compartir con ellos algo de lo que somos hoy.

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Hay una parte de esta tradición que me conmueve mucho: preparar algo para alguien que amamos; dedicarle tiempo, elegir dónde irá su lugar, detenernos a pensar en esa persona justo en medio de todo lo que hacemos con prisa, pues esos momentos nos permiten estar en contacto con nuestro pasado y nos hacen disfrutar un momento con quien tanto extrañamos.

Pienso en mis abuelos y en todo lo que significa que alguien siga siendo parte de nuestra vida a pesar de su partida; pues recordarlos nos hace reconocer cuánto de ellos permanece en nosotros.

Y también hay amores que siguen buscando cómo expresarse; un hijo, un esposo, una esposa, un hermano… porque somos padres, esposos y hermanos y los seguimos amando y prepararles un lugar en la ofrenda, nos permite hacer algo por ese ser querido. Así que los recibimos con ilusión y les damos su lugar en la familia; porque a los mexicanos nos emociona pensar en su llegada y preparar nuestra casa para que se sientan esperados y amados.

A veces cuesta explicar estos sentimientos y esa manera tan nuestra de esperar a quienes amamos; porque al mismo tiempo que podemos llorar, ponemos flores y un momento después, sonreímos. Podemos extrañar profundamente y sentir ilusión al mismo tiempo. A mí me pasa. Hay ternura en esos preparativos, hay ganas de recibir, hay mucho amor en cada detalle y hay mucha emoción incluso al escribir estas letras.

Quizá por eso esta tradición encuentra un lugar tan íntimo en tantas familias. Cada ofrenda guarda una historia que quienes la miran desde fuera apenas alcanzan a comprender, porque detrás de una fotografía puede haber años de compañía; detrás de un pequeño espacio, todos los sueños que una madre tuvo para su hijo, también por los hijos que no llegaron a nacer, porque solo quienes preparamos la ofrenda entendemos lo que realmente significa cada símbolo que ponemos en ella.

Por eso quisiera que viéramos las ofrendas con esa sensibilidad y que al preguntar quién está en ellas demos tiempo para escuchar todo lo que representa, pues a veces alguien necesita contar una anécdota y otras veces, pronunciar un nombre que casi nunca tiene oportunidad de decir.

Este momento, este ritual, es algo que debemos de compartir con los más pequeños de la familia y contarles quiénes fueron esas personas que ya no están con nosotros, por qué hay personas a las que esperamos con cariño y decirles cuánto amor cabe en una fotografía. Así les damos un lugar en nuestra historia familiar y permitimos que sus nombres pasen de una generación a otra.

Este año volví a poner mi ofrenda con ilusión y como siempre, pensé en mis seres queridos, me tomé el tiempo de acomodar sus lugares y de disfrutar ese momento, aunque por ratos se me llenen los ojos de recuerdos.

Quiero que lleguen y encuentren una casa que los espera.

Porque hay amores que todavía tienen un lugar en la mesa y en nuestros corazones.

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