Berenice Olmos

¿En qué momento vivir empezó a doler?

Rompiendo barreras

Todos los días leemos cifras y estadísticas, pero hay números que duelen profundamente. Como madre, resulta difícil leer que durante 2025, 8 mil 846 personas murieron por suicidio en nuestro país, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI): 80% hombres y 20% mujeres. Pero lo que realmente sacude es saber que una parte importante de esas muertes ocurrió entre jóvenes.

Esta semana se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, el próximo 10 de septiembre. Hablar de este tema es difícil y, sí, seguramente sería más fácil hablar de algo bonito, pero hay temas de los que no podemos guardar silencio simplemente porque duelen.

Llevo días preguntándome: ¿qué está pasando en la cabeza y en el corazón de nuestros jóvenes para llegar a pensar que dejar de vivir es mejor que seguir aquí? Hoy no tengo una respuesta...

Newsletter
Recibe en tu correo las noticias más destacadas para viajar, trabajar y vivir en EU

Pero sí tengo hijos y amigas con hijas e hijos adolescentes y jóvenes; y cada vez escucho más historias cercanas de muchachos que se lastiman, que se hacen cortes, que dejan de comer, que se aíslan, que toman pastillas y que un día, simplemente, ya no quieren levantarse de la cama. Y en muchas ocasiones, como adultos, solo décimos: "se les va a pasar" y, tristemente, no siempre les pasa.

Los datos preliminares del INEGI muestran que durante 2025 México registró una tasa de suicidio de 6.8 por cada cien mil habitantes. Ocho de cada diez, personas que murieron por esta causa fueron hombres y más de la mitad de estos suicidios ocurrió en personas de 15 a 34 años.

De acuerdo con un análisis de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), basado en las estadísticas del INEGI, 821 niñas, niños y adolescentes de entre 10 y 17 años murieron por suicidio en 2025, 12.9% más que en 2024.

Detrás de esas cifras hay conversaciones que algunas madres tenemos cada vez con mayor frecuencia. Estamos perdiendo vidas justamente en las edades en las que se supone que las y los jóvenes deberían estar construyendo su futuro, y eso nos obliga a analizar qué estamos enseñándoles a nuestros hijos varones sobre sus emociones.

Durante generaciones escuchamos la frase: "los hombres no lloran". Tienen que ser fuertes, aguantar y no tener miedo. Pero después de ver estas cifras alarmantes, creo que es hora de decirles a los hombres exactamente lo contrario: llorar no los hace débiles y pedir ayuda tampoco.

Y si los datos nacionales preocupan, los del Estado de México duelen todavía más por ser mexiquenses: 179 niñas, niños y adolescentes mexiquenses de entre 10 y 17 años murieron por suicidio, el mayor número absoluto registrado entre las entidades del país. Es decir, la tasa fue de 7.8 por cada cien mil personas de ese grupo de edad.

No solo son estadísticas: eran hijos, nietos, hermanos, compañeros de escuela. Niñas, niños y adolescentes que deberían estar pensando en un examen, en sus amigos, en enamorarse, en qué van a estudiar o en qué quieren ser cuando crezcan.

Como madre, preocupa. Y no porque crea que estas generaciones son más frágiles que las anteriores, sino porque seguramente están creciendo en un entorno diferente al que crecimos nosotros. Viven una exposición permanente a las redes sociales, comparación constante, violencia digital, expectativas de éxito, conflictos familiares, consumo de sustancias, soledad y una necesidad casi absurda de aparentar que todo está bien.

Muchas personas están atravesando momentos difíciles con sus hijas e hijos; entre ellas, algunas amigas. Escucho su angustia, sus dudas, sus miedos y esa desesperación de querer ayudar a un hijo. No son malas madres. No son familias que no amén a sus hijos. Y justo por eso me han hecho reflexionar.

La dinámica cotidiana nos lleva a preguntas de rutina: ¿ya comiste?, ¿hiciste la tarea?, ¿cómo te fue en la escuela?, ¿a qué hora vas a regresar? Pero lo que realmente queremos saber, aunque quizá no estemos preparados para escuchar la respuesta, es: ¿cómo estás de verdad?, ¿qué te preocupa?, ¿qué te duele?, ¿hay algo que no sabes cómo decirme?

Porque entender el suicidio no significa encontrar un culpable ni una sola explicación. Es un fenómeno multifactorial y no podemos atribuirlo únicamente al consumo de drogas o alcohol, al bullying, a la escuela, a la sociedad, a la violencia, a las redes sociales, a una relación amorosa o a problemas con los padres.

Por eso es urgente hablar de salud mental en las escuelas, universidades, centros de trabajo y centros de salud, pero sobre todo en nuestras casas; aprender a escuchar sin regañar, a observar los cambios, a no minimizar una tristeza y mucho menos un problema de un adolescente, porque para ellos no son temas menores.

Duele preguntarse qué sintieron. Qué pasó por su cabeza. Cuánto tiempo cargaron con ese dolor. Qué los hizo pensar que ya no podían más. Y duele más imaginar que alrededor había personas que los amaban y que no alcanzaron a comprender cuánto estaban sufriendo.

Sé que, como padres, es imposible evitarles todos los dolores de la vida a nuestros hijos, pero también sé que siempre podemos estar más presentes para ellos.

Nuestros jóvenes necesitan saber que, incluso cuando vivir duele, su vida sigue teniendo valor; que pedir ayuda no es una derrota y que siempre debe existir alguien dispuesto a escuchar.

Ojalá aprendamos a escuchar sus palabras antes de que el silencio sea definitivo.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: , Facebook: y X:

Te recomendamos