Cada mes de junio, edificios públicos y privados, espacios sociales y calles comienzan a llenarse de banderas multicolores como símbolo de apoyo a la diversidad sexual. El llamado orgullo LGBTTTIQ+ se expresa también a través de marchas, actividades y mensajes que buscan visibilizar una realidad que durante mucho tiempo permaneció oculta.
Para algunos representa una celebración de la diversidad; para otros, una causa con la que no necesariamente comparten la misma visión. Sin embargo, detrás de los colores, las consignas y las fotografías que inundan las redes sociales, existen historias profundamente humanas.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género del INEGI, en México aproximadamente cinco millones de personas mayores de 15 años se identifican como parte de la población LGBTI+, es decir, una de cada veinte personas. Detrás de esa cifra hay familias, sueños, temores, anhelos y procesos personales que pocas veces alcanzamos a dimensionar.
Hay quienes pasan años tratando de comprender lo que sienten, preguntándose si está bien ser quienes son o si merecen ser amados tal como son. Antes de enfrentar el juicio de los demás, suelen enfrentar sus propios miedos. Es la historia de miles de personas que primero luchan por reconocerse frente al espejo y después deben encontrar la fuerza para mostrarse ante el mundo.
Decirlo en casa requiere un valor enorme. Implica enfrentar la incertidumbre de no saber si habrá comprensión o rechazo por parte de padres, hermanos y familiares. Después viene el desafío de convivir en una sociedad donde aún persisten visiones conservadoras, prejuicios y, en algunos casos, expresiones abiertas de intolerancia. Aunque solemos pensar que las nuevas generaciones son más abiertas, nadie puede garantizar que una amistad permanecerá intacta cuando se desafían creencias profundamente arraigadas.
Decir "este soy yo" o "esta soy yo" continúa siendo un acto de gran vulnerabilidad para muchas personas. En el caso de las mujeres trans, el camino suele ser todavía más complejo. No solo enfrentan un proceso emocional y psicológico para construir su identidad en un entorno que con frecuencia cuestiona su existencia, sino que muchas de ellas emprenden transformaciones físicas que demandan años de esfuerzo, tratamientos médicos, acompañamiento profesional y una enorme fortaleza personal.
No se trata únicamente de una cuestión estética. Detrás de cada decisión existen procesos profundos que responden a la necesidad de vivir en congruencia con lo que se siente, se piensa y se es.
Pero quizá uno de los mayores retos llega después: enfrentar el mundo cotidiano. Buscar oportunidades laborales en igualdad de condiciones, acceder a espacios profesionales o ser evaluadas por sus capacidades y no por su apariencia sigue siendo una deuda pendiente en muchos ámbitos de nuestra sociedad.
Hace muchos años viví una experiencia que nunca he olvidado. Un grupo de amigos decidimos visitar un bar gay y nos acompañaba una chica que apenas iniciaba su proceso de transición. Recuerdo perfectamente la ilusión con la que llegó, convencida de que encontraría un espacio seguro donde podría sentirse comprendida. Sin embargo, ocurrió algo que me dejó desconcertada: le negaron la entrada.
La ironía era evidente. Fue rechazada precisamente en un lugar que presumía representar la inclusión. El momento fue tan incómodo que todos decidimos retirarnos.
Han pasado muchos años desde entonces y todavía pienso en el dolor que debió sentir. Si una persona puede ser excluida dentro de un espacio que se supone seguro, ¿qué ocurre en entornos donde la diversidad sigue viéndose con recelo?
Afortunadamente, las cosas han comenzado a cambiar. Las nuevas generaciones parecen relacionarse con mayor naturalidad con personas de distintas orientaciones sexuales e identidades de género. En espacios educativos, laborales y sociales existe una apertura que décadas atrás habría parecido impensable.
Eso no significa que la discriminación haya desaparecido, pero sí que estamos avanzando. Cada vez entendemos mejor que nadie debería ser juzgado por aquello que es.
El respeto no exige coincidencias ideológicas ni afinidades personales. Tampoco obliga a renunciar a nuestras convicciones. Respetar significa reconocer la dignidad humana del otro, incluso cuando pensamos distinto.
Por eso, cuando hablamos del Orgullo LGBTTTIQ+, hablamos de mucho más que colores, marchas o símbolos. Hablamos de personas que han llorado en silencio tratando de aceptarse, que han reunido el valor para hablar con sus familias, que han arriesgado amistades por decir la verdad sobre sí mismas y que han enfrentado burlas, rechazo o discriminación simplemente por ser diferentes.
Y aun así, siguen defendiendo su derecho a vivir con libertad y autenticidad.
Tal vez el verdadero orgullo no esté en una marcha ni en una bandera.
Tal vez el verdadero orgullo sea tener la valentía de ser uno mismo en un mundo que tantas veces insiste en que deberíamos ser alguien más.
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