Mujer, ¿recuerdas cuándo fue la última vez que te sentaste a descansar sin culpas, sin presiones, sin pendiente de revisar la tarea, recoger la casa, preparar comidas interminables, atender a los hijos, cuidar – en muchos casos- a los padres adultos mayores y, además, atender a tu pareja?
Ser mujer es mucho más complejo de lo que muchos creen. Son las primeras en levantarse y las últimas en llegar a la cama a descansar, porque su trabajo nunca se termina.
Una jornada cotidiana para millones de madres de familia comienza, por lo menos a las seis de la mañana: prepara el desayuno –que además debe ser un desayuno nutritivo-, alista a los hijos para ir a la escuela (bañarlos, cambiarlos, preparar mochilas y en el trayecto a la escuela, resolver cualquier crisis familiar de último momento), todo ello listo antes de las ocho de la mañana, para salir de casa impecables, pero también agotadas y emocionalmente contenidas.
Después inicia el segundo turno: la oficina, el negocio, el aula, el consultorio, o cualquier espacio donde desempeñen su jornada laboral, que suele ser de al menos ocho horas del día; y al regresar a casa la jornada no concluye, comienza otro turno preparando la cena, haciendo la tarea con los hijos, la limpieza del hogar, la atención emocional de la familia y por qué no, adelantar actividades del día siguiente. Porque sí, ellas son las últimas en llegar a la cama y muchas veces, esto no sucede antes de las once de la noche y aun así al día siguiente vuelven a empezar.
Según cifras del INEGI, en México las mujeres destinan en promedio más de 40 horas semanales al trabajo no remunerado en el hogar y de cuidado, mientras que los hombres dedican poco más de la mitad de ese tiempo. Esta economía invisible –que no cotiza, no descansa y no pensiona- representa cerca del 24 por ciento del PIB nacional. No es una metáfora decir que las mujeres sostienen al país; lo sostienen todos los días sin salario, sin reconocimiento y muchas veces, sin relevo.
Y no, las mujeres no pedimos "ayuda" ante esta gran desigualdad social. La mujer trabaja doble: fuera y dentro del hogar, como si ambas jornadas fueran naturalmente suyas, como si la obligación de cuidar, atender, organizar y sostener perteneciera por defecto al género femenino.
Sin importar si las mujeres son profesionistas, emprendedoras, servidoras públicas o amas de casa, millones de mujeres cargan con una responsabilidad doméstica total o parcial bajo la narrativa romántica de la mujer "multitasking".
Le llaman fortaleza feminista, pero la realidad es una falta de organización en los roles sociales, porque se nos enseñó a admirar a la mujer que "puede con todo", cuando en realidad muchas veces esa frase es la forma elegante de encubrir que se le dejó sola con toda la carga.
Se aplaude su fortaleza mientras se ignora el abandono que la obliga a multiplicarse. Se celebra su resiliencia mientras se normaliza su agotamiento.
No estamos viendo mujeres débiles; estamos viendo una sociedad que les exige demasiado.
Un agotamiento que tiene nombre: burnout femenino. Consecuencia directa de una estructura que exige demasiado y genera mucha presión por ser: madre ejemplar, pareja presente, hija responsible, cuidadora permanente, mujer exitosa y profesionista impecable.
Porque mientras una mujer deba elegir entre crecer profesionalmente o atender sola a su familia, no habrá igualdad.
Mientras millones de mexicanas sostengan al país desde la invisibilidad, la paridad seguirá existiendo más en el discurso que en la vida real y la transformación seguirá incompleta.
Porque en México, ser madre sigue condenando laboralmente a las mujeres, porque la maternidad no es una etapa de vida y para muchos centros de trabajo, sigue siendo una desventaja competitiva.
Hablar del trabajo de las mujeres no es hablar de sentimentalismos, es hablar de economía, de productividad, de desarrollo y de derechos.
Por ello, en México necesitamos más estancias infantiles, un sistema integral de cuidados para niñas y niños, personas con discapacidad y adultos mayores; horarios laborales compatibles con la vida familiar, licencias parentales equitativas y una transformación cultural en la que la llamada “ayuda” se convierta en una corresponsabilidad de tareas.
Porque no puede haber transformación verdadera mientras las mujeres sigan cargando solas con el peso invisible que sostiene a este país.
La transformación de México tiene rostro de mujer y por ello, levantar la voz es un compromiso moral con las mujeres, para que su vida sea más justa e igualitaria, reconociendo su trabajo como deuda histórica que se tiene con ellas y no como un gesto de cortesía.
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