El tiempo de las mujeres es mucho más que una frase, es un cambio de paradigma en la vida pública del país. Durante décadas se luchó para que las mujeres llegáramos a los espacios de toma de decisión; hoy, el reto no únicamente es ocupar un cargo, sino que el verdadero desafío es demostrar que el poder puede ejercerse con cercanía, sensibilidad y responsabilidad, sin renunciar al carácter ni a la firmeza.
La diferencia no está en el género por sí mismo, sino en una forma distinta de entender el mundo y por ende, el servicio público. Las mujeres solemos construir desde el diálogo, mirar el territorio antes que el escritorio y comprender que detrás de cada indicador hay una familia, una historia y una necesidad. No gobernamos mejor por el simple hecho de ser mujeres; gobernamos mejor cuando entendemos que la política existe para servir y no para servirse de ella.
Pues sería ingenuo pensar que por el simple hecho de ser mujer es garantía de que todas las mujeres gobiernen bien; y también sería injusto asegurar que todos los hombres gobiernan mal; pues la capacidad de gobernar no depende del género, sino de los principios, la honestidad y la vocación de servicio de cada persona. Sin embargo, no podemos negar que en México estamos viviendo un cambio cultural sobre la forma de ejercer el poder.
Recuerdo el impacto que generaba la noticia de que una mujer había ganado una elección y hoy eso ya no nos sorprende. Hoy lo relevante es preguntarnos si en realidad está cambiando la forma de gobernar cuando las mujeres llegan al poder, pues una vez ganando, el verdadero desafío comienza en demostrar que no se trata únicamente de cambiar el rostro del gobierno, sino también la manera de ejercerlo.
Durante mucho tiempo la política mexicana confundió autoridad con distancia, atrás de un escritorio, rodeado de protocolos y alejados de la realidad; sin embargo, esa lógica empieza a transformarse, generando una política que sale al territorio, que escucha, que prioriza el bienestar del pueblo y que entiende que los resultados no siempre se anuncian con grandes discursos, sino que se construyen todos los días.
No es casualidad que muchas de las agendas que hoy ocupan el centro del debate público hablen de cuidados, educación, salud, combate a la pobreza, igualdad y desarrollo comunitario. Durante décadas, estos temas fueron considerados secundarios frente a las grandes obras o los grandes proyectos económicos. Hoy forman parte de la discusión principal.
El Estado de México vivió hace tres años este momento histórico con la llegada de la primera gobernadora, después de casi un siglo de administraciones encabezadas exclusivamente por hombres, las y los mexiquenses decidimos abrir una nueva etapa política y con ello, no solamente cambió el rostro de quién ocupa el despacho principal; comenzó a consolidarse una forma distinta de hacer gobierno, más cercana al territorio y con un fuerte énfasis en el combate a las desigualdades.
Lo mismo ocurrió a nivel nacional, por primera vez en más de doscientos años de vida independiente, una mujer encabeza la Presidencia de México, lo que representa mucho más que un hecho histórico.
Confieso que me emociona ver este momento histórico, no porque crea que las mujeres somos infalibles —estamos muy lejos de serlo—, sino porque durante demasiado tiempo nos dijeron que no estábamos hechas para tomar decisiones, negociar, dirigir o gobernar. Sin embargo, hoy sabemos que sí podemos y también sabemos que debemos hacerlo bien, porque detrás de cada avance hay miles de niñas que crecerán creyendo que esos espacios también les pertenecen.
Pero sería un error pensar que gobernar con perspectiva de mujer significa gobernar solo para las mujeres, gobernar con perspectiva de mujer significa entender que el desarrollo de un país pasa por poner a las personas en el centro de las decisiones públicas. Y sería un error aún más grave pensar que, por el simple hecho de ser mujer, alguien gobernará bien, pues el pueblo ya no evalúa discursos; evalúa resultados.
La igualdad nunca consistió en cambiar únicamente quién ocupa el poder, consiste en transformar la manera de ejercerlo.
Porque el verdadero techo de cristal no era llegar al cargo, el verdadero desafío era demostrar que era posible gobernar con firmeza sin perder la sensibilidad, con autoridad sin perder la cercanía y con convicciones sin perder el humanismo social.
Si la política cambió de voz, que también cambie para siempre la forma de servir al pueblo, pues sin lugar a duda, ese será el legado que realmente valga la pena defender.
Y quizá esa sea una de las transformaciones más profundas que vive nuestro país.
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