A finales del siglo XX, preguntaron a Amartya Sen –Premio Nobel de Economía– cuál consideraba el acontecimiento más trascendente de la centuria que concluía. La respuesta no era sencilla, pues esos años estuvieron marcados por dos guerras mundiales, el ascenso y colapso del comunismo, y el surgimiento y auge del fascismo. Por encima de ese manto de dolor y tragedia, el economista eligió destacar la expansión de la democracia.
Esta afirmación no era menor. La democracia permite a las personas participar, exigir y decidir sobre los asuntos públicos, al tiempo que permite a la sociedad debatir y definir sus propias prioridades. Lo que hoy vemos, un poco contrario a ese optimismo del siglo pasado, es que el valor democrático que creíamos universal es ahora incierto.
Varieties of Democracy (mejor conocido como V-Dem), año con año y con información de más de 200 países, se da a la tarea de producir la base de datos más amplia sobre el estudio de la democracia a nivel global. Su último informe presenta un panorama inquietante. Las mediciones promovidas desde la universidad sueca que aloja este proyecto, basadas en dimensiones electorales, liberales, participativas y deliberativas, muestran un deterioro amplio y sostenido.
El nivel de democracia para la persona ciudadana promedio ha regresado a niveles de 1978, generando que los avances de la llamada "tercera ola de democratización" prácticamente se hayan desvanecido. Pero el dato más impactante es que, mientras apenas el 7 por ciento de las personas viven en democracias liberales, el 74 por ciento de la población mundial vive hoy en regímenes autocráticos.
El cambio no es solo cuantitativo, sino cualitativo. Las democracias liberales, aquellas que garantizan contrapesos, libertades y Estado de Derecho, han disminuido de forma significativa. Por el contrario, las autocracias no solo aumentaron en número, sino en su naturaleza restrictiva. La censura, la persecución de la oposición y el uso de mecanismos de coerción para silenciar son cada vez más comunes.
Además, es inquietante analizar en dónde ocurre este deterioro. No se trata únicamente de países históricamente autoritarios. El retroceso en esta ida pendular alcanzó a democracias consolidadas. Estados Unidos, por ejemplo, que fungió como referente regional y mundial por décadas, por primera vez en más de medio siglo perdió su estatus de democracia liberal. El caso de nuestro vecino se extendió al norte global, pues Europa occidental y América del Norte registran sus niveles más bajos en años. Con el efecto dominó del que tendemos a ser objeto, América Latina comienza igualmente a mostrar signos de reversión.
Esta tendencia se refleja, naturalmente, en la calidad de los procesos democráticos. La libertad de expresión se deteriora en decenas de países, la integridad electoral enfrenta retrocesos y los espacios de deliberación pública se reducen. Aunque la democracia no desaparece de forma abrupta, estos signos de erosión temprana son especialmente importantes si no queremos llegar a un punto sin retorno.
Lo que está en juego, más allá de formas de gobierno, es el equilibrio del orden global. Cuando países con gran peso poblacional, económico y político se alejan de estándares democráticos, el impacto trasciende sus fronteras. La respuesta de Sen, hoy más que nunca, debe recordarnos qué nos llevó a las urnas, cuántos años nos costó que todas las personas llegáramos y lo frágiles que pueden ser las garantías a nuestros derechos básicos.
La democracia, más que un ideal, es un mecanismo que permite a las sociedades expresar demandas, corregir decisiones y exigir rendición de cuentas. Su debilitamiento no es menor: implica reducir esa capacidad de incidir en lo público.
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex

























