Treinta años de preguntar a las personas de la región qué piensan de la democracia dejan una lección incómoda: el apoyo a este régimen no es estable. Los datos muestran que ese respaldo se gana y se pierde según lo que los gobiernos entregan. El Latinobarómetro 2026, levantado en 17 países, confirma esa intuición.

En la región, el peor momento de la serie se registró entre 2018 y 2023, cuando el respaldo a la democracia apenas rozó la mitad de la población. Desde 2024 hay una recuperación que se sostiene en un entorno internacional adverso: guerras, genocidios, encarecimiento del petróleo y una Casa Blanca que reescribe las reglas del comercio y la diplomacia. Según el informe, estas sacudidas golpean economías y gobiernos, pero no han movido la convicción democrática de la ciudadanía.

La variación no es homogénea entre países. Argentina encabeza la lista con 73 por ciento; Guatemala la cierra con 35 por ciento. Casi cuarenta puntos porcentuales separan ambos extremos. Esto refuerza que hablar de la democracia latinoamericana en singular es erróneo.

Lo más interesante del reporte es la lectura de estos datos a la luz del ciclo electoral reciente. Desde 2024 se han celebrado doce elecciones presidenciales con siete alternancias. El saldo es un desplazamiento masivo hacia la derecha que hoy gobierna en once países, mientras la izquierda conserva cuatro, entre ellos México.

Específicamente, Chile, Colombia y Perú eligieron a candidaturas de extrema derecha. En los dos últimos, la diferencia fue menor a un punto porcentual en segunda vuelta.

El Latinobarómetro 2026 presenta una hipótesis que no apunta necesariamente a un giro ideológico. En Perú, Chile y Colombia, donde el giro fue más notorio, el apoyo a la democracia subió de forma significativa. Ese aumento sugiere que la ciudadanía no está votando contra la democracia. Refiere, entonces, a un voto de descarte: a falta de promesas cumplidas, la ciudadanía apuesta por el perfil que sale de lo tradicional en la política.

Aun así, la señal de alarma persiste. La proporción de quienes dicen que no les importaría un gobierno no democrático si resuelve los problemas pasó de 44 por ciento en 2002 a 52 por ciento en 2026. Y el respaldo a la "mano dura" alcanza 63 por ciento, cuatro puntos porcentuales más que hace tres décadas. ¿Y México? Con 45 por ciento de apoyo a la democracia, el país registra al mismo tiempo 53 por ciento en el indicador de respaldo a gobiernos no democráticos. Más de cuatro de cada diez mexicanas y mexicanos creen que la democracia podría funcionar sin partidos, sin Congreso y sin oposición, y 28 por ciento piensa que incluso podría prescindir de elecciones. Son cifras que deberían preocupar a quienes trabajamos por las instituciones, porque sugieren que las personas valoran los resultados por encima de los contrapesos republicanos.

No todo es sombrío. Tres de cada cuatro latinoamericanos sostienen que no hay democracia sin elecciones, y 65 por ciento sigue pensando que, con todos sus defectos, es preferible a cualquier alternativa. Cuando el declarado dictador nicaragüense anunció que no volvería a haber comicios, la reacción fue inmediata. El informe nos invita a interpretarlo como un signo de resistencia: no renunciamos a la idea de que el poder emana de las personas que lo eligen.

La democracia en la región no se defiende ni resiste solo con discursos. Lo que la ciudadanía merece son Estados que funcionen, instituciones sólidas, partidos que representen y una justicia sin preferencias. Mientras eso no ocurra, el electorado seguirá buscando fuera de lo conocido, y no siempre quien promete es quien respeta las reglas.

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