En los pasillos de las Universidades mexicanas se celebra con frecuencia el avance de las mujeres en la ciencia; y los datos parecen respaldar dicho optimismo, pues al cierre de 2025 y principios de 2026, el padrón del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) muestra que las mujeres representan casi el 42% del total de la comunidad científica del país. Es decir, hemos pasado de una relación de 1.66 hombres por cada mujer en 2019, a 1.43 hoy.

A pesar de que las cifras muestran un aumento de la presencia de las mujeres en la ciencia, es necesario revisar y ser conscientes de que la verdadera radiografía de la ciencia en México no está en el número total, sino en la pirámide de niveles; es decir, mientras que en el nivel de Candidatura y Nivel I dentro del SNII la paridad parece cercana, el panorama cambia drásticamente al escalar, pues en el Nivel III- el peldaño de mayor prestigio y recursos las mujeres apenas alcanzan el 28.6%, y en el emeritazgo la cifra cae al 26.6%.

La pregunta aquí es: ¿por qué hay una disminución del número de investigadoras en los niveles más altos del SNII? Parte de la respuesta tiene relación con la brecha de cuidados y junto con ella que aún dentro de la comunidad científica se esconde una estructura que continúa castigando un proceso biológico y social que la academia aún no sabe procesar: la maternidad.

Para una mujer investigadora en México, los años de mayor exigencia para consolidar su carrera profesional es entre los 28 y 38 años, edad que coincide con su ventana de fertilidad y el SNII opera bajo una lógica de hiperproductividad; es decir, se requiere de publicar lo más que se pueda para lograr los niveles. De tal manera que, en este sistema, un año de baja producción debido a un embarazo o a los cuidados intensivos de la primera infancia se lee como un “estancamiento” en el CV, no como una etapa humana.

Aunque existan avances, como la extensión de un año a la evaluación para quienes tienen hijos o hijas, la realidad es que el sistema de puntos no contempla el cansancio cognitivo ni la doble jornada; mientras que muchos colegas varones pueden mantener sus ritmos de publicación gracias a que sus parejas asumen las labores domésticas, las investigadoras mexicanas dedican, en promedio, el triple de horas de cuidado del hogar que sus pares masculinos.

Lo que hoy escribo no debe interpretarse como que las científicas no sean capaces de balancear la pluma para escribir y la cuna; se trata de que no deberían estar obligadas a ser súper mujeres para mantener su estímulo económico. La ciencia en México sigue diseñando bajo un modelo masculino del siglo XX: un investigador con disponibilidad total y cero responsabilidades domésticas.

México no puede aspirar a ser una potencia científica si sigue perdiendo a sus mentes más brillantes en la transición hacia los niveles superiores. La maternidad no debería ser un obstáculo para la excelencia, sino una faceta de la vida que el sistema académico aprenda a abrazar, proteger y, sobre todo, valorar.

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