Hay palabras que despiertan desconfianzas y malentendidos en el debate público contemporáneo como el término feminismo. En los últimos años, ha habido una estigmatización que ha cubierto al movimiento, presentándose ante ciertos sectores como una trinchera radical, punitiva, o peor aún, como una amenaza para la infancia. Sí, en pleno 2026 persisten estas ideas sobre un movimiento que ha brindado tantos derechos y libertades a las mujeres.
Esta estigmatización del feminismo no permite ver a todas las personas que, en su esencia más pura, en el feminismo está la convicción de que hombres y mujeres deben tener el mismo valor y los mismos derechos. Es aquí cuando nos preguntamos ¿por qué aún persiste la resistencia en una parte de la sociedad a enseñárselo a las niñas y niños? Cuando educar a la niñez en el feminismo no está relacionado con imponer dogmas ni sembrar resentimientos identitarios; al contrario, se trata de una herramienta de salud mental, prevención y desarrollo humano.
Para las niñas, el feminismo es un escudo regulador, pues a través de él se les enseña que su valor no depende de la aprobación ajena, de su apariencia física ni de su sumisión a roles tradicionales. El feminismo permite dotarlas de una armadura emocional y de un empoderamiento, mostrándoles que las ciencias, las ingenierías, las posiciones de liderazgo, las decisiones y control sobre su propio cuerpo y su futuro les pertenece por derecho propio. Educar desde el feminismo es romper el techo de cristal desde el patio de juegos.
Uno de los errores que se ha cometido es creer que el feminismo es un tema exclusivo de las mujeres, dejando fuera de él educar a los varones bajo esta perspectiva, dejando de lado que a los niños la perspectiva de género les ofrece una liberación profunda de esa infancia rígida de la masculinidad hegemónica, en la que se les prohíbe llorar, se les exige mostrar fuerza a través de la violencia, se les castiga la vulnerabilidad y se les aleja de las tareas de cuidado.
Enseñarles feminismo a los niños es validar sus emociones, es decirles que la empatía no los hace débiles y que el cuidado del hogar o de ellos además es una responsabilidad compartida, no una debilidad o una característica del género. Un niño educado en la igualdad será un adulto que no necesitará dominar a nadie para sentirse fuerte.
Garantizar una educación con perspectiva de género es democratizar el amor, el respeto y las oportunidades desde la raíz. Cuando le quitamos el estigma al feminismo y lo traducimos al lenguaje de la infancia, lo que nos queda es empatía, justicia y libertad. Educarlos bajo esta perspectiva no es adoctrinamiento, sino darles libertad sobre los prejuicios que aún prevalecen en la sociedad. Porque una niñez que crece en igualdad es la única garantía de un futuro donde ser mujer no sea un factor de riesgo y ser hombre no sea una obligación de dureza.
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