Existe un relato reconfortante, casi poético, que resurge cada vez que una mujer alcanza la cúspide del poder político y se dice que las mujeres, por una supuesta naturaleza intrínseca, gobiernan de manera distinta pues son más compasivas, propensas al diálogo, pacifistas por definición y expertas en tejer consensos. Se les dibuja como las sanadoras de una política rota por la testosterona y el conflicto.
La descripción anterior sobre cómo es que gobiernan las mujeres es afirmar que existe una manera femenina de hacer política, de tal forma que es un reduccionismo que cae en el esencialismo de género. Al hacerlo, se despejó a las mujeres de su complejidad ideológica, de su pragmatismo y de su derecho a ser juzgadas por sus ideas y resultados, no por su género. Pero la historia, que no entiende de romanticismo, desmiente este mito con terquedad.
¿Fue la "Dama de Hierro", Margaret Thatcher, un faro de compasión y consenso mientras desmantelaba el Estado de bienestar británico y lideraba una guerra en las Malvinas? ¿Gobernaron Angela Merkel o Golda Meir desde una supuesta "intuición maternal", o lo hicieron con la frialdad estratégica, el cálculo y la firmeza que exige cualquier liderazgo de Estado? La respuesta es obvia, pues el poder tiene sus propias reglas de gravedad y estas no cambian según el género de quien ocupe el sillón presidencial.
El verdadero problema de exigirle a las mujeres una forma "femenina" de gobernar es que impone una doble vara de medir, pues a los líderes varones se les tolera la agresividad, el cinismo y el error porque se asume que son parte del juego. A las mujeres, en cambio, se les exige una perfección moral casi mística; pues tienen que ser fuertes, pero no "mandonas", firmes, pero no "histéricas", empáticas, pero no "débiles". Si una política resulta ser corrupta, despiadada o simplemente mediocre, el juicio público no se limita a su gestión: se cuestiona a todo su género.
Atar el liderazgo de las mujeres a la bondad innata es un bumerán. La urgencia de que haya más mujeres en la política no radica en que vayan a transformar los parlamentos en círculos de terapia y paz social, radica en la justicia demográfica y democrática elemental: somos la mitad de la población y tenemos derecho a la mitad del poder.
Necesitamos mujeres en la política porque tienen derecho a ser de izquierda, de derecha, reformistas o conservadoras. También tienen derecho a ser brillantes estrategas como Jacinda Ardern, pragmáticas implacables o, incluso, a equivocarse con la misma impunidad con la que los hombres lo han hecho durante siglos. La verdadera igualdad llegará cuando entendamos que no hay una forma femenina de ejercer el poder; lo que hay son mujeres ejerciendo la política con toda su luz, su sombra y su complejidad humana.
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