Durante generaciones, el manual de la paternidad perfecta se resumía en una sola palabra: proveer, construyendo la idea de que el éxito de un padre se medía por el grosor de su billetera y su capacidad para mantener el orden en casa, habitualmente desde una distancia emocional rígida, pues el padre no podía mostrar sus emociones o empatía. Afortunadamente hoy estamos siendo testigos de un cambio estructural en las familias, pues el viejo paradigma del "padre ausente pero sustentador" se está agrietando para dar paso a una figura mucho más compleja, humana y, sobre todo, presente.
Las estadísticas recientes reflejan que este cambio no es solo una tendencia romántica de redes sociales, sino una realidad palpable. En países como el nuestro, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), de los más de 21 millones de hombres que son padres, la inmensa mayoría muestra un vuelco rotundo hacia el involucramiento temprano; es decir, más del 91% acompaña a las consultas prenatales y asiste al nacimiento de sus hijos, mientras que un notable 75% participa activamente en tareas diarias de cuidado físico como bañar, mudar y vestir. Estas cifras nos muestran que el rol masculino ha dejado de ser solamente el que provee, para convertirse en parte importante del núcleo del desarrollo afectivo del hogar.
La paternidad responsable y presente no se limita a "ayudar" en las tareas del hogar o "cuidar" a las infancias por un momento para dar un respiro a la madre, implica habitar el espacio doméstico desde la equidad, significa mudar pañales, consolar llantos nocturnos, asistir a las juntas escolares y conocer las emociones de las y los hijos. Porque cuando un hombre se involucra activamente en estas dinámicas, no solo ejerce un derecho fundamental de vivir plenamente su afectividad, sino que fractura las estructuras de la violencia simbólica e institucional que por siglos han confinado lo público al varón y lo privado a la mujer.
A pesar de que las encuestas de uso del tiempo muestran que la participación de los hombres en el cuidado de menores de 15 años ha crecido significativamente en la última década (alcanzando promedios de más de 7 horas semanales), la brecha con las mujeres, que dedican el triple de tiempo a estas labores, sigue siendo gigantesca. Continuar con este cambio cultural es clave para consolidar verdaderos sistemas de cuidados; al asumir una presencia real, estos padres desafían el mito del "hombre de piedra" incapaz de mostrar vulnerabilidad y muestran a las nuevas generaciones que el cuidado no tiene género y que la ternura también es un atributo masculino.
El verdadero desafío actual ya no es solo cultural, sino estructural e institucional y mientras las legislaciones sigan otorgando permisos de paternidad irrisorios de apenas cinco días laborales, en contraste con los casi tres meses de las madres, el propio sistema continuará empujando al hombre hacia la oficina y a la mujer hacia la cuna. Y para un cambio se requiere voluntad individual y un marco social que lo respalde. Urge seguir visibilizando y normalizando estas paternidades afectivas y conscientes.
Ejercer una presencia activa en la vida de las infancias no es un favor; es el acto de justicia social y de amor más profundo que un padre puede heredar. Gracias a quienes son y han sido padres presentes, que han roto con la paternidad tradicional y están criando con respeto, amor y equidad. Toda mi reconocimiento y admiración a ustedes, pero en especial a Ángel y Martín.
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex